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lunes, 13 de febrero de 2012

Diario La Nación. Francisco Seminario


Domingo 19 de abril de 2009 | Publicado en edición impresa
Sociedad

El malestar de una sociedad fragmentada

Concebido como una solución al problema de la inseguridad, el muro que se intentó levantar en la frontera entre San Isidro y San Fernando, en el norte del Conurbano, puso en evidencia las divisiones y los prejuicios de una sociedad acorralada entre el drama de la violencia y la impotencia de un Estado que no acierta a encontrar respuestas a sus demandas
Francisco Seminario
 
LA NACION
 
Políticas de integración


Del muro casi no quedan rastros. Apenas unos agujeros mal tapados en el pavimento. Desaparecieron los postes de metal y volaron los bloques de concreto, derribados a golpes de maza. A plena luz del día, el intenso ir y venir de autos, camiones y camionetas 4x4, combinado con el deambular desordenado de familias, adolescentes y trabajadores, hace difícil imaginar que alguien pudiera haber concebido la idea de levantar allí un muro divisorio.
Medianera social, muro de la vergüenza, muralla racista, muro de la discordia o de la infamia... Los nombres con que fue llamada la pared que se intentó levantar días atrás sobre la avenida Uruguay, en la frontera entre San Isidro y San Fernando, respondieron a un rechazo generalizado de los medios y la clase política en general a lo que se percibió como una frontera estigmatizante entre dos mundos profundamente desiguales. Es decir, expresaron el rechazo a la noción implícita de una sociedad fragmentada, de desigualdades crecientes y divisiones cada vez mayores entre los incluidos y excluidos de la trama social; de retroceso del espacio público y avance de los espacios vedados a la libre circulación, al encuentro y el intercambio; una sociedad de rejas, alarmas, paredones y, más allá, una tierra de nadie.
Se rechazó también la idea de que no puedan convivir, relacionarse y buscar soluciones comunes y solidarias a los problemas compartidos los vecinos de dos barrios que, sin duda, tienen marcadas diferencias: de un lado, Villa Jardín, barrio de casitas humildes que, calle adentro, se vuelve villa: quince manzanas abigarradas, atravesadas -como buena parte del conurbano bonaerense- por la marginalidad, la droga y el desempleo, postal típica de la precariedad en un partido donde la pobreza supera el 40 por ciento. Del otro, algunas cuadras barranca arriba, La Horqueta, sector residencial y exclusivo de San Isidro, uno de los barrios más opulentos de Zona Norte pero aquejado por un problema también típicamente tercermundista y muy real: la inseguridad, un flagelo compartido por todos en realidad, pero frente a cuyos costos los más pobres son también los más desprotegidos.
El abismo económico entre un lado y el otro refleja algunas de las disparidades más dramáticas en un país en el que, según estudios privados -el Indec dejó de ofrecer indicadores de distribución del ingreso en 2007-, el ingreso familiar medio de los más ricos es unas 27 veces mayor al de los más pobres.
¿Caso de manual de discriminación social, entonces? Esa es una de las lecturas posibles, la más evidente. Y tiene algún asidero: un estudio realizado por el Inadi en todo el país entre diciembre de 2006 y julio de 2008 muestra a la argentina como una sociedad altamente discriminadora. Un porcentaje elevado, según la encuesta -casi el 70 por ciento- "se caracteriza por tener pensamientos o practicar acciones discriminatorios". Y el grupo más discriminado (con el 60 por ciento de las opiniones) es el de los pobres. De allí a asociar la pobreza con el delito y, acto seguido, reclamar o apoyar la construcción de un muro divisorio, no hay más que un paso. Juan Carr, fundador de la Red Solidaria, definió ese paso como "el acto de sinceramiento brutal de los sectores menos moderados de decir ?no quiero estar junto a ellos´". Y en este mismo sentido agregó: "La del muro es una imagen tan violenta como la de un adolescente con un arma, y hay que preguntarse quién ejerce la violencia en este caso".
De manera similar opinó Orlando D´Adamo, experto en comunicación política y director del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano. "La decisión de separar a vecinos de una misma provincia, solo divididos por una circunscripción vecinal, parece partir de la premisa de que quienes viven en San Fernando, o bien son todos delincuentes, o merecen convivir con ellos. Y la conclusión es que son ciudadanos de una categoría diferente y sin duda inferior", señaló.
"El mensaje que se da a la población -agregó D´Adamo-, tanto en su contenido de discriminación como desde el punto de vista de la gestión de gobierno, no puede ser peor: frente al problema de la complejidad de la inseguridad, la "solución" es gastar dinero para levantar una pared... Casi como esconder la basura bajo la alfombra, o pensar, apelando a los mecanismos psicológicos más primitivos, que lo que se oculta se soluciona mágicamente."
Desde un punto de vista sociológico, para Maristella Svampa, investigadora del Conicet y autora de varios libros (entre ellos La sociedad excluyente: la Argentina bajo el signo del neoliberalismo) ,quedó en evidencia que la nuestra "es una sociedad que naturaliza y refuerza cada vez más las desigualdades y las distancias sociales, y que está lejos de pensar en términos de propuestas o soluciones colectivas, globales, integrales, que involucren al conjunto de la sociedad".
Cuando se impone este tipo de comportamiento social, el resultado, según opinó monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda, "es la cristalización del problema en una visión de nosotros contra ellos, siguiendo la lógica binaria que imponen las murallas. Y esto equivale a simplificar un problema que sin duda es mucho más profundo".
Pero parece haber un agravante aquí desde el momento en que ese comportamiento es reflejado también por el Estado, actor central en el diálogo social y la definición de políticas que contribuyan a la integración. Cuando por incapacidad o impotencia el Estado renuncia a estas funciones, lo que puede esperarse es la profundización de la fractura social. Lo que a su vez refuerza las fronteras simbólicas entre incluidos y excluidos, porque se perpetúa un estado de cosas.
"Es posible, y de hecho ocurre, que un grupo de particulares se amurallen, que elijan el autoencierro en countries o barrios privados. Eso se puede entender aunque no se lo comparta. Pero acá es el Estado el que decide amurallar, y el Estado tiene otro valor sociológico, un valor muy fuerte", observó Carr, quien sin embargo rescató como hecho positivo la admisión del error por parte de una dirigencia que "finalmente -dijo- escuchó a la gente y dio marcha atrás con la iniciativa".

La lógica del muro

El intendente de San Isidro, Gustavo Posse, afirma que no concibió el muro como una frontera social ni como un mensaje de impotencia administrativa. Estos sentidos surgieron en el calor del debate que provocó la polémica medida, entendida como una metáfora del poder de los prejuicios y del fracaso de las políticas de integración social. Porque aunque la intención haya sido otra, vinculada a demandas atendibles de lucha contra el crimen y la delincuencia, una muralla levantada en medio de una comunidad, además de inútil según los especialistas en seguridad, es símbolo de incomunicación y de supresión figurada de quien quedó del otro lado.
Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Estos mismos símbolos cobraron valor en la Berlín dividida en plena Guerra Fría y lo cobran ahora en lugares como Cisjordania, Melilla, Belfast, las favelas de Río de Janeiro y la frontera entre Estados Unidos y México, entre otros. Como señaló el filósofo Santiago Kovadloff, "allí donde hay un muro hay a la vez derecho e impotencia, monólogo y ausencia de debate. Y nuestro muro se inscribe en esta misma línea significativa: hay un derecho a encontrar una solución equitativa socialmente y hay impotencia para hacer valer los recursos de la política y alguna idea de política de Estado".
Tampoco en la Argentina es nueva la lógica de los muros y los alambrados: a partir de las soluciones individuales o sectoriales se fue forjando en el país lo que Svampa, una de las investigadoras que más ha trabajado el tema de la fragmentación social, llama "una comunidad del miedo", que viene de la mano de una "lógica de enclave". Es decir, "la defensa del pequeño territorio, de la isla en sí misma, separada o segregada del resto del espacio social". Ejemplo de esto son los countries y barrios privados que desde los 90 se han convertido en un fenómeno extraordinario de ocupación del espacio urbano.
Lo novedoso ahora, señala Svampa, es que "en nombre de un paradigma del control y de la seguridad, los muros intentan levantarse y avanzar sobre el espacio público". De esta manera, agregó, "en un contexto en el que la problemática de la inseguridad parece desplazar a la de la exclusión, la lógica del enclave pretende ser generalizada como dispositivo de relación entre los sectores favorecidos y los excluidos, sobre todo en aquellas zonas o fronteras en donde el contraste entre riqueza y pobreza es mayor".
Pero, ¿no asistimos acaso a un cambio de modelo de Estado, opuesto en casi todos los terrenos al que se impuso en la Argentina de los 90? Según Svampa, en algunos ámbitos efectivamente el Estado ha buscado retomar su capacidad de regulación, "pero tanto en el ámbito de la seguridad como en el de la defensa del patrimonio público, como es el caso de los recursos naturales, hay una continuidad inquietante". Esto es así porque, agregó, el Gobierno tiene en mente un modelo mixto, público-privado, que marca la continuidad de los moldes de dominación de los 90 en el sentido en que la imbricación entre lo privado y lo público desembocó en una colonización y vaciamiento de lo público". Algunos investigadores, añadió, lo llaman el "Estado ventrílocuo, en el que lo privado habla a través de lo público".
¿Es posible salir de este laberinto? ¿Hay alguna receta para imaginar una sociedad sin muros ni exclusión y en la que al mismo tiempo sean atendidas las demandas de más seguridad? Según Juan Llach, economista y sociólogo, si bien el de los muros es un fenómeno generalizado en el mundo y no exclusivo de los países en desarrollo, "esto no debe ser una excusa para no luchar denodadamente contra el flagelo de la segregación social, el principal desafío al que debe darse respuesta". El camino para derribar los muros pasa, a su juicio, por "promover y darles posibilidades de integración a los que más lo necesitan, con mejores políticas asistenciales y sin clientelismo, con empleo y formación, posibilidades educativas, de vivienda, de salud y de distribución del ingreso". Y al mismo tiempo, añadió, se deben mejorar las políticas de seguridad, que a todas luces están fracasando. "Incluyo en esto la cuestión del narcotráfico, que motoriza buena parte de la inseguridad que vivimos".
Si la tragedia de Valentín Alsina, esta semana, fue un recordatorio más de que la criminalidad afecta a todos, sin distinciones de ningún tipo, una política de muros, vallas y barreras no sólo representa un ideal mezquino de país, sino que además no parece tener mucho sentido. Como dijo Adelia Ramírez, empleada doméstica que vive en Villa Jardín y trabaja en La Horqueta, la del muro "fue una idea absurda, con la que no se soluciona nada".


Nota completa en http://www.lanacion.com.ar/1119732-el-malestar-de-una-sociedad-fragmentada

Luis Pazos


“La invasión silenciosa”, por Luis Pazos.
Revista La primera de la semana, Nº 3,
4 de abril de 2000, pp. 6-10 (fragmento).

“Llegaron para quedarse. Los extranjeros ilegales que invaden en silencio
la Argentina ya son más de 2 millones. A diferencia de la inmigración
que soñaron Sarmiento y Alberdi, no vienen de las capitales
de Europa. Llegaron de Bolivia, Perú, Paraguay. [...]
Los ilegales viven en pensiones y hoteles miserables de Constitución
y Once, en villas miserias y en las 10.000 casas tomadas que hay
en Buenos Aires [...]. Para ellos, el infierno es el paraíso [...].
A las 2 de la mañana comienzan a formar una fila que a las 6 es un
río de hombres y mujeres de todas las edades. Es el momento exacto
en que obtienen un turno para ser atendidos en hospitales públicos
como el Piñero, el Argerich o la maternidad Sardá. Después de ser
atendidos sin tener que pagar un peso muchos de ellos vuelven a sus
casas en Buenos Aires [...].
En las caras aindiadas de los que continúan en la cola no hay dolor,
ni pena ni enojo. Las que están enojadas son las mamás argentinas.
A las 7 de la mañana, cuando comienza la atención a los pacientes,
para muchas de ellas no hay turnos. Esta, sin embargo, no es la queja
mayor. Todas coinciden en que ‘cuando venimos a buscar leche para
nuestros hijos las bolivianas, que llegan muy temprano, ya se llevaron
de dos a tres litros y nosotros tenemos que volver al día siguiente’
[...].
Para un inmigrante de los países limítrofes, la policía es el diablo.
La aparición de un patrullero en el Bajo Flores o en el Abasto los hace
entrar en pánico. El motivo es obvio: no tienen documentos.”

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman, "Pensando Sociológicamente" (1990) Cap. III: “Los Extranjeros”

Hemos visto en los últimos capítulos que los términos "nosotros" y "ellos" sólo tienen sentido juntos: dentro de su oposición mutua. Somos "nosotros" sólo en la medida en que hay otras personas que son "ellos". Y esas personas forman un grupo, un todo, sólo porque todas y cada una de ellas comparten una característica: no son "uno de nosotros". Ambos conceptos extraen su significado de la línea divisoria a que responden. Sin esa división, sin la posibilidad de oponernos a "ellos", difícilmente podríamos nosotros explicar nuestra identidad.
Por otra parte, los "extranjeros" se resisten a aceptar esa división; podríamos decir que lo que no aceptan es la oposición misma: no aceptan divisiones de ningún tipo, límites que los alejen y, por lo tanto, tampoco la claridad del mundo social que resulta de todo ello. Allí reside su importancia, su significado y el papel que desempeñan en la vida social. Por su mera presencia, que no encaja fácilmente dentro de alguna de las categorías establecidas, los extranjeros niegan la validez de las oposiciones aceptadas. Desmienten el carácter "natural" de las oposiciones, denuncian su arbitrariedad, exponen su fragilidad. Los extranjeros muestran lo que son las divisiones: líneas imaginarias que pueden ser cruzadas o modificadas.
Para evitar confusiones, señalemos desde el principio que el extranjero no es simplemente un desconocido: alguien a quien no conocemos bien, no conocemos en absoluto o de quien ni siquiera hemos oído hablar. Se trata, en todo caso, de lo contrario: la característica más notable de los extranjeros es que son, en gran medida, conocidos. Para decir de alguien que es un extranjero, primero debo saber algunas cosas acerca de él o ella. En primer lugar, ellos entran, de vez en cuando, en mi campo de visión, entran sin que nadie los invite, y me obligan a observarlos de cerca. Lo quiera yo o no, ellos se instalan firmemente en el mundo que ocupo y donde actúo, y no dan muestras de pensar en irse. Si no fuera por eso, no serían extranjeros; simplemente, no serían "nadie". Se confundirían con las muchísimas figuras intercambiables y sin rostro que se mueven en el trasfondo de mi vida cotidiana -casi siempre sin molestar, sin llamar la atención, atentos sólo a ellos mismos-, figuras que miro pero no veo. Escucho, pero no oigo lo que dicen. Los extranjeros, por el contrario, son gente a quien veo y oigo. Y precisamente porque noto su presencia, porque no puedo ignorar esta presencia ni tornarla insignificante apelando al simple recurso de no prestarles atención, me resulta difícil entenderlos. No están, por decirlo de algún modo, ni cerca ni lejos. No son parte de "nosotros", pero tampoco de "ellos". No son ni amigos ni enemigos. Por esta razón, causan confusión y ansiedad. No sé exactamente qué esperar de ellos ni cómo tratarlos.
Trazar límites lo más exactos y precisos posible, de modo que se los advierta fácilmente y, una vez notados, se los entienda sin ambigüedades, parece ser una cuestión de suprema importancia para los seres humanos que viven y han aprendido a vivir en un mundo construido por el hombre. Todas las destrezas adquiridas para la vida en sociedad serían inútiles, a menudo perjudiciales, y a veces hasta directamente suicidas, si no fuera por el hecho de que los límites bien establecidos nos envían una inequívoca
señal respecto de lo que debemos esperar y de las pautas de conducta que debemos emplear para lograr nuestros propósitos. Y sin embargo esos límites son siempre convencionales. Las personas que están del otro lado de la línea no se diferencian tanto una de otra como para ahorrarnos cualquier error de clasificación. Por lo tanto, tenemos que esforzarnos constantemente por mantener ciertas divisiones del tipo "sí/no" en una realidad que no acepta contornos tan definidos e inequívocos. Por ejemplo, trazar el importantísimo límite entre el campo donde rigen reglas semejantes a las de la comunidad, y el campo donde se apela a la pragmática bélica es siempre un intento de imponer una claridad artificial (y por ende, precaria) en una situación mucho menos definida. Rara vez las personas son "exacta y totalmente opuestas". Si difieren en un aspecto, se asemejan en otro. Las diferencias que las separan no son tan obvias y tajantes como se deduciría del hecho de que se las incluya en categorías opuestas. Se puede demostrar que la mayoría de los rasgos distintivos varían de un modo gradual, suave, imperceptible. (Recordemos la imagen de Schutz de una línea continua, sin divisiones naturales, de modo que la distancia entre dos personas marcadas juntas en esa línea sea infinitamente pequeña; evidentemente, cada límite -o punto de interrupción- que pretenda incluir a todas las personas ubicadas a la izquierda en una categoría opuesta a la de las personas situadas a la derecha, será un límite aleatorio, difícil de defender). Debido a la superposición entre los diversos atributos humanos, y a lo gradual de las variaciones, cada línea divisoria dejará inevitablemente a ambos lados del límite una suerte de zona gris, donde las personas no serían inmediatamente reconocidas como pertenecientes a uno u otro de los dos grupos opuestos que la línea divisoria supone. Esta ambigüedad, no deseada pero inevitable, es sentida como una amenaza, porque confunde la situación y hace muy difícil seleccionar con certeza una actitud adecuada para un contexto de grupo de pertenencia o de grupo foráneo, para adoptar una actitud de amistosa cooperación o de hostil y vigilante reserva. Con los enemigos, se lucha; a los amigos se los quiere y se los ayuda. ¿Pero qué pasa si una persona no es ninguna de las dos cosas? ¿O si puede ser las dos?
La antropóloga social angloamericana Mary Douglas, señaló que una de las preocupaciones fundamentales de los seres humanos es la interminable tarea de "imponer" el orden creado por el hombre. La mayoría de las diferencias que son vitales para la vida humana no existen naturalmente, por sí mismas, sino que deben ser impuestas y cuidadosamente defendidas. Se dice que en la Edad Media circulaba clandestinamente un dibujo: representaba cuatro calaveras y tenía la siguiente inscripción: "Adivinad cuál perteneció al Papa, cuál al Príncipe, cuál a un campesino y cuál a un mendigo". Desde luego, las calaveras eran idénticas, y su absoluta similitud indicaba que todas las diferencias notables e infranqueables -digamos, entre príncipes y mendigos- se vinculaban con lo que la persona llevaba en la cabeza y no con el tamaño o la forma de la cabeza misma. No es de extrañar que el dibujo fuera underground. Para lograr ese propósito, para mantener las diferencias, es preciso suprimir o eliminar toda la ambigüedad que desdibuja los límites y, por ende, perjudica el diseño, perturba el orden establecido, siembra confusión donde debería reinar la claridad. Es mi imagen del orden que quiero alcanzar, mi idea de la elegancia y la belleza, lo que me lleva a rechazar esos obstinadamente ambivalentes fragmentos de la realidad que no encajan en las divisiones. La molestia que trato de eliminar es simplemente algo "fuera de lugar", algo que no tiene un lugar propio en la imagen que yo tengo del mundo. Nada hay de malo en la cosa en sí: encontrarla donde no debería estar es lo que la hace repulsiva e indeseable.
He aquí unos pocos ejemplos. Lo que convierte a algunas plantas en "maleza" -que despiadadamente arrancamos o envenenamos- es su terrorífica tendencia a desdibujar el límite entre nuestro jardín y el campo. Muchas veces esas "malezas" son bonitas, perfumadas, agradables; las elogiaríamos, sin duda, como encantadores ejemplares de la vida silvestre si las encontráramos mientras paseamos por un prado. Su "culpa" consiste en haberse instalado, sin ser invitadas, en un lugar que debe estar netamente recortado en trozos de césped, canteros de rosas bordeados por otras flores y pequeñas parcelas de huerta. Las malezas arruinan la armonía que habíamos imaginado, estropean nuestro diseño. Nos encanta ver un plato de buena comida en nuestra mesa, pero abominaríamos de la visión de ese mismo plato si estuviera colocado sobre las sábanas o la almohada de nuestra cama; y ello por la simple razón de que su presencia fuera de lugar arruina el diseño de nuestro hogar, donde dos espacios físicamente idénticos son mantenidos estrictamente separados y están dedicados a funciones que también mantenemos separadas: esos dos espacios son el comedor y el dormitorio. Aun los zapatos más elegantes y refinados, que nos enorgullecería lucir en los pies, parecerían "basura" si los pusiéramos sobre el escritorio. Lo mismo sucede con los mechones del cabello que nos acaban de cortar o los trozos de las uñas que acabamos de arreglarnos, aunque cabello y uñas son normalmente objeto de dedicación y motivo de orgullo, siempre que se encuentren en nuestro cuerpo. Algunas compañías de productos químicos descubrieron que era conveniente poner dos etiquetas claramente diferentes en envases que contenían el mismo detergente: las investigaciones de mercado demostraron que la mayoría de las personas que se enorgullecen de ser pulcras en el hogar no soñarían siquiera en suprimir la diferencia que hay entre el baño y la cocina usando el mismo producto de limpieza en los dos lugares. En estos casos y en otros similares, la intensa y obsesiva atención que todos dedicamos a combatir la "suciedad", poniendo las cosas en el lugar adecuado (el que les corresponde), responde a la necesidad de mantener firmes, intactos y claros los límites entre las divisiones que hacen a nuestro mundo ordenado, habitable y transitable.
La línea divisoria entre nuestro grupo de pertenencia y los grupos foráneos, entre "nosotros" y "ellos", pertenece a las divisiones más ardientemente defendidas y que más atención requieren. Se puede decir que el grupo foráneo es útil, y hasta indispensable, para el grupo de pertenencia, porque pone de relieve la identidad de este último y fortalece su coherencia y la solidaridad entre sus miembros. Pero no se puede decir lo mismo de esa informe zona gris que se extiende entre los dos grupos. Difícilmente esa zona podría desempeñar un papel útil; se la ve como algo perjudicial, incalificable. De allí entonces el conocido proverbio, en el que creen todos los políticos que buscan el apoyo popular a través de la movilización de los sentimientos de patriotismo y de solidaridad partidaria: "Los que no están con nosotros, están contra nosotros". Dentro de una división tan categórica no hay lugar para una posición intermedia, indecisa o natural. Ahora bien, esas posiciones llevan implícita la idea de que la división entre lo correcto y lo erróneo no es tan absoluta como parece. Muchos partidos políticos, iglesias y organizaciones nacionalistas dedican más tiempo y energía a combatir a sus propios disidentes que a sus enemigos declarados. En general, se odia mucho más intensamente a los traidores y a los renegados que a los enemigos francos y declarados. Para un militante nacionalista o de un partido político, no hay enemigo más detestable y odioso que "uno de nosotros" que se pasó al otro bando o que no condena el hecho con la suficiente crudeza, una actitud conciliadora es criticada con más virulencia que una enemistad franca. En todas las religiones los herejes son más abominables que los infieles, y se los persigue con más saña. "Desertar", "desestabilizar", "navegar entre dos aguas", son los peores delitos de los que los líderes pueden acusar a sus seguidores. Se
les hacen estos cargos a las personas que piensan (o peor, dicen; o lo que es peor aun, demuestran con sus actos) que la línea divisoria entre su nación, partido, iglesia o movimiento y sus enemigos declarados no es absoluta, y que la idea de llegar a una comprensión mutua o hasta a un acuerdo no es inconcebible; o que el honor de su grupo no es inmaculado, y el grupo mismo no está más allá de todo reproche ni tiene razón siempre.
No obstante, el límite del grupo se ve amenazado por ambos lados. Puede ser erosionado desde adentro por los ambivalentes que han sido calificados de desertores, detractores de los valores, enemigos de la unidad, oportunistas. Pero también pueden ser atacados y finalmente heridos desde afuera: por gente que "no es como nosotros" pero exige ser tratada como si lo fuera; individuos que se han salido del lugar donde podían ser inequívocamente identificados como extraños, como "no nosotros", y frecuentan ahora lugares donde pueden ser tomados por lo que no son. Al hacer este "pasaje" han demostrado que el límite en el que se confiaba porque se lo creía seguro e impermeable está muy lejos de ser estanco. Este solo pecado bastaría para que los rechazáramos y deseáramos que regresaran al sitio de donde vinieron: con sólo verlos nos sentimos inseguros; hay en ellos algo vagamente peligroso. Al abandonar su antiguo lugar y pasarse al nuestro, han llevado a cabo una hazaña que nos hace sospechar que poseen cierto misterioso y terrible poder que no podemos enfrentar, una astucia que no podemos igualar; y que abrigan malas intenciones hacia nosotros y, por lo tanto, probablemente usarán su terrorífica superioridad para perjudicarnos. En su presencia no nos sentimos tranquilos y seguros; vagamente esperamos que los recién llegados perpetren acciones peligrosas y desagradables. "Neófito" (alguien que se ha convertido a nuestra fe), "nuevo rico" (alguien que ayer nomás era pobre pero que amasó una fortuna y hoy se codea con los ricos y los poderosos) y "trepador" (una persona de baja extracción social promovida a una posición de poder), todos estos términos contienen un fuerte matiz de reprobación, aversión y desprecio. Todos denotan gente que ayer estaba "allá" y hoy está aquí. Gente que, debido a su movilidad, a su astuto talento para estar al mismo tiempo aquí y allá, no es de confianza: después de todo, estas personas han roto algo que debería haber sido estanco, aislado, y este pecado original no puede ser olvidado ni perdonado, porque es eterno.
Estas personas también suscitan ansiedad por otras razones. Son, por cierto, recién llegados, nuevos en nuestra forma de vida, no conocen nuestros procedimientos ni nuestros recursos. Por eso, lo que para nosotros es normal y natural -porque lo hemos "mamado"- a ellos les parece extravagante y hasta un poco ridículo. Ellos no dan por sentada la sensatez de nuestra conducta. Por lo tanto, formulan preguntas que no sabemos cómo responder, porque en el pasado no tuvimos ocasión ni vimos razón alguna para preguntarles: "¿Por qué actúas así? ¿Te parece que eso está bien? ¿Has tratado de comportarte de otro modo?" Ahora, la forma en que hemos vivido, la clase de vida que nos da seguridad y nos hace sentir cómodos, ha sido puesta en tela de juicio: se ha convertido en una cuestión que se puede discutir, explicar, justificar. Nada es autoevidente y, por lo tanto, ya nada es seguro. La pérdida de la seguridad no es algo que se pueda perdonar a la ligera. Y en general, no tenemos demasiada inclinación a perdonar. Por eso las preguntas nos parecen ofensas; la discusión, subversión; la comparación, arrogancia y desdén. Quisiéramos haber cerrado filas, "en defensa de nuestra vida", contra el ingreso de extranjeros a quienes responsabilizamos por esta súbita crisis de confianza. Nuestra inquietud se convierte en ira contra los perturbadores.
Aun cuando los recién llegados permanezcan mudos, mantengan la boca cerrada y se abstengan respetuosamente de hacer preguntas molestas, su manera de actuar en la vida cotidiana formula las preguntas por ellos; y el efecto es igualmente inquietante. Las personas que han venido aquí desde allá y están decididas a quedarse, deberán desear aprender nuestra forma de vida, imitarla, llegar a ser "como nosotros". Si no todos, por lo menos la mayoría de esos individuos tratarán de tener casas como las nuestras, vestirse como nosotros nos vestimos, copiar nuestra modalidad de trabajo y de recreación. No sólo deben hablar nuestra lengua, sino que deben también hacer un gran esfuerzo para emular nuestra manera de hablar y de dirigirnos a los demás. Pese a lo mucho que se esfuerzan (y quizá precisamente por eso) no puedan dejar de cometer errores, sobre todo al principio. Sus intentos no son convincentes. Su comportamiento es torpe, desagradable, ridículo, se parece más bien a una caricatura del nuestro, y por eso nos obliga a preguntarnos cómo es "lo verdadero". Su desempeño sabe a parodia. Desacreditamos sus torpes imitaciones ridiculizándolas, riéndonos de ellas, inventando y contando chistes que son una "caricatura de la caricatura". Pero en nuestra risa hay una nota de amargura, nuestra burla enmascara cierta ansiedad. Hagamos lo que hagamos para disminuir el daño, el mal ya está hecho. Nuestras costumbres, nuestros hábitos inconscientes nos han sido mostrados en un espejo deformante. Hemos sido obligados a mirarlos burlonamente, debimos permanecer a distancia de nuestras propias vidas. Por lo tanto, aun sin preguntas explícitas, nuestra seguridad ha sido socavada.
Como es evidente, hay muchísimas razones para mirar a los extranjeros con desconfianza, para considerarlos una amenaza en potencia. Serían relativamente inocuos si se los rotulara claramente como "no pertenecientes a nosotros", si siguieran siendo extraños que aceptaran que nuestra forma de vida es nuestra y la suya es suya y que ambas no deben mezclarse ni confundirse; si, en otras palabras, pudiéramos ignorarlos aunque de vez en cuando entraran en nuestro campo visual. Pero las posibilidades de tener dificultades aumentan enormemente una vez que la distinción ya no es tan clara como antes y muestra, además, una perturbadora tendencia a seguir perdiendo claridad. Entonces, lo que al principio fue motivo de burla y dio origen a bromas puede suscitar ahora hostilidad; y agresión.
La primera respuesta consistiría en restaurar la perdida claridad de la división mandando a los extranjeros de vuelta al sitio "de donde vinieron" (es decir, si es que existe una morada natural, de la que surgieron originariamente; esto se aplica sobre todo a los inmigrantes étnicamente diferentes, que llegaron con la esperanza de establecerse en un nuevo país). A veces se intenta obligarlos a emigrar, o se les hace la vida imposible, hasta el punto de que ellos mismos llegan a desear el exilio como un mal menor. Si ese movimiento no se concreta, o si el éxodo masivo no es viable por una u otra razón, puede producirse un genocidio; la cruel destrucción física se encarga de realizar la tarea que el intento de remoción no pudo llevar a cabo. El genocidio es el método extremo y el más aberrante concebible para "restablecer el orden", y sin embargo la historia reciente ha demostrado de manera horripilante que el peligro de genocidio no es una fantasía, que no se puede excluir la posibilidad de un estallido de acción genocida, a pesar de la condena universal y el rechazo generalizado.
Pero lo más frecuente es que se elijan soluciones menos radicales y odiosas. Una de las más usadas es la separación. La separación puede ser territorial, espiritual, o ambas. La variante territorial encontró su expresión más cabal en los ghettos o reservas étnicas: partes de las ciudades o regiones de un país reservados para residencia de personas con
las que la población nativa se niega a mezclarse, porque las considera extrañas y desea que esa condición dure para siempre. A veces el terreno elegido era rodeado por murallas y por muros aún más espesos de prohibiciones con fuerza de ley (en Africa del Sur, el salvoconducto necesario para salir de los barrios negros y la prohibición de comprar tierras en las zonas reservadas para los blancos constituyen un ejemplo reciente pero de ningún modo sin precedentes), y a los extraños se les prohibía abandonar el sitio donde les estaba permitido habitar. A veces entrar y salir del espacio reservado no es legalmente punible; más aún, teóricamente es libre, pero en la práctica los residentes no pueden o no quieren escapar al confinamiento, o bien porque las condiciones "afuera" se han tornado intolerables para ellos (se los ridiculiza y ofende o se los ataca físicamente) o porque el miserable nivel de vida de sus barrios, generalmente misérrimos, es lo único que pueden permitirse. Cuando en el aspecto físico y la conducta de las personas definidas como extraños había poco que las diferenciara de los nativos, era habitual que se prescribiera el uso de ropas especiales y otras señales estigmatizantes, a fin de hacer visible la diferencia y reducir el peligro de interacciones accidentales. Gracias a los signos de advertencia que se les ordenaba usar, los extranjeros llevaban, por así decir, su territorio con ellos, aun cuando se les permitiera transitar. Y había que permitirles transitar, porque muchas veces prestaban servicios quizá menores, quizá despreciados, pero vitales e imprescindibles para los nativos (como cuando en la Europa medieval los judíos proporcionaban la mayor parte de los préstamos en efectivo y de los créditos bancarios).
En los casos en que la separación territorial es incompleta o se torna impracticable, la separación espiritual adquiere mayor importancia. La interacción con los extranjeros se reduce estrictamente a las transacciones comerciales. Se evitan los contactos sociales. Se realizan grandes esfuerzos para evitar que la inevitable proximidad física se convierta en proximidad espiritual. Los más obvios de esos esfuerzos preventivos son el rechazo o la hostilidad abierta. Frecuentemente una barrera hecha de prejuicios y rechazo ha sido más eficaz que el más grueso de los muros de piedra. Por otra parte, se insta constantemente a evitar el contacto aduciendo riesgo de contaminación, en sentido metafórico o literal: se cree que los extranjeros son portadores de enfermedades contagiosas, que están infectados por insectos, que no respetan las normas de la higiene y, por lo tanto, constituyen una amenaza para la salud; o que divulgan costumbres e ideas mórbidas, practican la magia negra o profesan cultos sombríos y sangrientos, difunden la depravación moral y el relajamiento de las creencias. El rechazo salpica todo lo que está vinculado con los extranjeros: su manera de hablar y de vestir, sus rituales religiosos, la forma en que organizan su vida familiar, y hasta el olor de las comidas que preparan.
Todas las prácticas de separación que hasta aquí hemos expuesto dan por sentada una situación simple: aquí estamos "nosotros", que tenemos que defendernos de "ellos", que han venido a vivir entre "nosotros" y no quieren irse a pesar de que no son bienvenidos. No se discute, por ejemplo, quién pertenece a qué grupo, como si hubiera sólo una pauta para "nosotros" y otra para "ellos"; es precisamente ese conjunto de pautas ajenas, ya formadas y evidentemente diferentes, lo que hay que mantener a raya. No obstante, es fácil darse cuenta de que este tipo de situación simple y la clara tarea que tiende a generar es casi imposible de encontrar en nuestra sociedad. La sociedad en que vivimos es urbana: las personas viven muy juntas porque la densidad demográfica es alta y se viaja mucho; en el transcurso de sus ocupaciones cotidianas cualquier persona ingresa en zonas diversas, habitadas por gente diversa, se desplaza de una ciudad a otra o de un
barrio a otro, dentro de la misma ciudad. En un solo día nos cruzamos con demasiadas personas como para conocerlas a todas. En la mayoría de los casos, no podemos estar seguros de que la gente que conocemos comparte nuestras pautas. Recibimos constantemente el impacto de nuevas visiones y nuevos sonidos, y no los entendemos a todos; y lo que es pero aun, casi nunca tenemos tiempo para detenernos, reflexionar y hacer un honesto intento de entender. El mundo en que vivimos parece estar poblado principalmente por extranjeros: se diría que es el mundo de lo extranjero. Vivimos rodeados de extranjeros, entre los cuales nosotros también lo somos. En un mundo así, no es posible confinar a los extranjeros o mantenerlos a distancia. Es preciso convivir con ellos.
Esto no significa que en las nuevas circunstancias se hayan abandonado totalmente las prácticas que hemos descripto. Si los grupos mutuamente extraños no pueden ser separados totalmente, es posible sin embargo reducir su interacción (y hacerla insignificante y, por lo tanto, inocua) por medio de las prácticas de la segregación, que también debe ser modificada.
Tomemos como ejemplo uno de los métodos de segregación ya mencionados: el uso de señales notables y fácilmente visibles de pertenencia a determinado grupo. Esa apariencia atribuida a un grupo puede ser impuesta por ley, de modo que "hacerse pasar por otro" sería castigado. Pero también se puede lograr sin intervención legal. Durante la mayor parte de la historia urbana, sólo los ricos y privilegiados podían costearse vestimentas costosas y elaboradas; por lo general no se podían conseguir vestidos lejos del lugar donde se los fabricaba (siempre según las costumbres locales); por lo tanto, se podía clasificar a las personas desconocidas según el esplendor, la pobreza o la singularidad de su apariencia. Actualmente no es fácil hacerlo. Hoy en día se producen masivamente copias relativamente baratas de ropas admiradas y codiciadas, que pueden ser compradas por gente de recursos relativamente escasos (lo que significa que prácticamente cualquiera puede lucirlas). Además, las copias son por lo general tan buenas que resulta difícil distinguirlas del original, sobre todo a cierta distancia.
Debido a esta facilidad de acceder a la ropa, la vestimenta ha perdido su tradicional función de segregación. Esto, a su vez, modificó los objetivos de los modistos, que dejaron de apelar a determinado "sector social". Las modas ya no están ligadas permanentemente a cierto grupo o clase; poco después de haber sido lanzadas al mercado, están al alcance del público en general. Por otra parte, las modas han perdido también su carácter local, para tornarse verdaderamente "extraterritoriales", o cosmopolitas. Es posible obtener la misma ropa -o ropa prácticamente idéntica- en muchos lugares del mundo, distantes entre sí. O sea que ahora la ropa más bien oculta que revela el origen territorial y el grado de movilidad de sus dueños. Esto no significa que la apariencia no sirva ya para clasificar a las personas; por el contrario, la ropa ha asumido el papel de uno de los principales símbolos usados por hombres y mujeres para proclamar públicamente cuál es el grupo de referencia que han elegido como modelo, y en qué condición desean ser percibidos y abordados. Es como si al elegir mi ropa yo le dijera al mundo: "Mírenme: yo pertenezco aquí, soy una persona de este tipo, y les ruego que observen que deseo ser considerado una persona de ese tipo, y tratado en consecuencia". Al elegir mi ropa yo puedo informar, pero también engañar; puedo disfrazarme de algo que de otro modo no podría ser, y eludir así (o al menos guardar en secreto por un tiempo) la clasificación socialmente impuesta. No se puede confiar en mi ropa como indicio cierto de mi identidad. Por lo tanto, tampoco puede confiar en el
valor informativo de la apariencia de otras personas. Tal vez quieran confundir o engañar. Y desde luego, pueden ponerse y sacarse a voluntad las insignias que exhiben. Tal vez en otro momento se hagan pasar por alguien muy diferente de la persona que ahora simulan ser.
Como la segregación por la apariencia perdió gran parte de su valor práctico, adquirió más importancia la segregación por el espacio. El territorio compartido de la residencia urbana se divide en zonas en las que es más probable encontrar a ciertas personas que a otras, o en las que es bastante improbable tropezarse con cierto tipo de gente. Así, las posibilidades de error se reducen bastante. Aun en esa zonas especiales, con ingreso restringido, seguimos moviéndonos entre extraños, pero al menos podemos suponer con alguna certeza que esos extraños pertenecen en general a una categoría (o mejor dicho, que la mayoría de las otras categorías han sido excluidas), Por lo tanto, el valor de orientación de las áreas segregadas se alcanza por las prácticas de la exclusión, es decir, de la admisión selectiva y, por ende, limitada.
La boletería para ingresar a espectáculos o lugares de diversión, la o el recepcionista y los guardias de seguridad son símbolos y herramientas evidentes de los métodos de exclusión. Su presencia indica que en el lugar que ellos protegen y controlan sólo serán admitidas personas seleccionadas. Los criterios de selección varían. En el caso de la boletería, el dinero es el criterio más importante, aunque muy bien se le puede negar un billete a una persona que no satisface ciertas exigencias, como por ejemplo, vestir ropa decente o tener determinado color de piel. Los recepcionistas y los guardias de seguridad deciden si los que quieren entrar "tiene derecho" a hacerlo. Para que se le permita entrar, la persona debe demostrar que está autorizada para permanecer adentro; la carga de aportar pruebas recae enteramente sobre el que desea ingresar, mientras que la autoridad para decidir si las pruebas son satisfactorias queda en manos de las personas que controlan la entrada. La verificación de la autorización plantea una situación en la que se le niega la entrada a todos mientras sean totalmente extraños, es decir, hasta que se "identifican". El acto de identificación transforma a un ser sin rostro, a un miembro de la gris e indiscriminada categoría de los extranjeros, en una "persona concreta", una "persona con una cara". En ese punto se levanta parcialmente el perturbador escudo opaco de la condición de extranjero. Desde luego, el restringido territorio delimitado por las puertas vigiladas, está libre de extraños. Quienquiera que ingrese a un lugar tan guardado puede tener la tranquila certeza de que la gente que está adentro ha sido, en alguna medida, purificada de la usual ambigüedad de los extranjeros; puede confiar en que alguien se aseguró de que todas las personas que encontrará en el interior se asemejarán por lo menos en ciertos aspectos seleccionados y, por ende, pueden ser tratados como si pertenecieran a la misma categoría. De ese modo, la posibilidad (que implica incertidumbre) de estar en presencia de personas "que pueden ser cualquier cosa; se ha reducido considerablemente, aunque sólo local y temporariamente.
El poder para negar la entrada se ejerce para asegurar una relativa homogeneidad, para generar algunos espacios seguros y sin ambivalencia alguna dentro del populoso y anónimo mundo de la vida urbana. Todos practicamos este poder en pequeña escala cuando, por ejemplo, cuidamos de que sólo personas que podemos identificar de algún modo sean admitidas en el espacio controlado que llamamos nuestro hogar; a los "extraños" les negamos la entrada. Además, confiamos en que otras personas hagan valer su poder para realizar para nosotros una tarea similar, pero en mayor escala. Para
casi todos nosotros, un día en la ciudad se reparte entre los períodos de tiempo pasados en esos espacios vigilados y el tiempo dedicado a desplazarnos de uno a otro (vamos de casa a la oficina donde trabajamos, al colegio donde estudiamos, al club, al bar de la esquina o a un concierto, y después volvemos a casa). Entre los enclaves que practican la exclusión se extiende una vasta zona con entrada libre, donde todos, o casi todos, somos extranjeros. En general tratamos de reducir al mínimo el tiempo que pasamos en esas zonas intermedias, o bien lo eliminamos totalmente, si podemos (por ejemplo, al viajar de un espacio rigurosamente vigilado a otro, en el aislamiento de un automóvil privado herméticamente cerrado.
Por lo tanto, los aspectos inquietantes de la vida entre extraños pueden ser parcialmente suavizados, y hasta neutralizados por un tiempo, pero casi nunca podemos librarnos de ellos completamente. Pese a todos los ingeniosos métodos de segregación, no podemos evitar totalmente la compañía de gente que está físicamente cerca pero espiritualmente distante, que nos rodea sin que la hayamos invitado, y cuyas idas y venidas no controlamos. Mientras estamos dentro del espacio público (un espacio que no podemos evitar) no nos es posible ignorar su presencia ni por un momento. Y la conciencia de su presencia es molesta: equivale a tener conciencia de las restricciones impuestas a nuestra libertad. Aun cuando pudiéramos estar seguros de que la presencia de gente extraña no esconde amenaza alguna de agresión (algo de lo que nunca podemos estar totalmente convencidos), nos damos cuenta de que somos constantemente observados, vigilados, examinados, evaluados; la "privacidad" de nuestra persona ha sido violada. Si no nuestros cuerpos, por lo menos nuestra dignidad, autoestima, autodefinición, son rehenes de personas sin rostro sobre cuyo juicio tenemos escasa o ninguna influencia. Hagamos lo que hagamos, debemos preocuparnos por la manera en que nuestras acciones afectarán la imagen de nosotros mismos que está en poder de aquellos que nos observan. Mientras permanezcamos dentro del campo de su visión tenemos que estar en guardia. Lo más que podemos hacer es tratar de pasar inadvertidos o, al menos, de no llamar la atención

Alicia Gutiérrez


GUTIERREZ, Alicia (2004): Pobre: Como siempre… Estrategias de Reproducción social en la pobreza- Edit.Ferreyra- Córdoba-Argentina-ISBN N°987-1110-12-x


CAPÍTULO I: POBREZA, MARGINALIDAD, ESTRATEGIAS: LAS DISCUSIONES TEÓRICAS DEL ANÁLISIS

1. 1. Acerca de la noción de “pobreza”
“Pobreza”[1]  es una categoría fundamentalmente descriptiva: “pobre es aquél que en comparación con otros individuos de su sociedad alcanza, de una serie de rasgos tomados como categorizadores, los más bajos niveles” (Jaume, 1989: 26). Con ello, pobreza remite a ciertas carencias de bienes y servicios mínimos que determinada sociedad considera como indispensables para todos sus miembros.
Además de la caracterización por las carencias, es necesario recordar que pobreza es un concepto relativo (Bartolomé, 1986; Herrán, 1972; Jaume, op. cit.; Paugam, 1998; Dieterlen, 2001). En diferentes etapas históricas la pobreza corresponde a realidades diferentes que obligan a medirla también con parámetros diferentes:[2]  “se trata de un concepto relativo y relacional que implica la existencia de otros que son ‘ricos’, o que por lo menos no son pobres. En su núcleo de significado se encuentra la noción de carencia” (Bartolomé, op. cit.: 1).
De este modo, en cada sociedad se marcan pautas mínimas de calidad de vida para sus miembros, y aquellos que no las pueden obtener o disfrutar son los considerados “pobres”. Por ello, no es posible establecer en abstracto, es decir, fuera de determinadas condiciones espacio-temporales, indicadores por debajo de los cuales situar a los pobres, sino que éstos se establecen históricamente. Así, retomando a Sahlins, puede decirse que “la población más primitiva del mundo tenía escasas posesiones, pero no era pobre. La pobreza no es una determinada y pequeña cantidad de cosas, ni es sólo una relación entre medios y fines; es sobre todo una relación entre personas. La pobreza es un estado social. Y como tal es un invento de la civilización” (Sahlins, 1977: 52).
Por otro lado, el contenido del concepto de “pobreza” abunda en controversias. Desde la formulación individualista de los economistas clásicos, para quienes la pobreza es funcionalmente necesaria, no sólo porque impide un crecimiento demográfico excesivo sino también porque incita a los individuos al trabajo –al convertirse en una amenaza-, es decir, como una suerte de sanción que castiga la pereza, la negligencia y la ignorancia, a la imputación de las causas a la organización misma de la sociedad, como en la formulación marxista, donde la pobreza es el producto directo del modo de producción capitalista y condición necesaria –en cuanto resultante del proceso de acumulación del capital- (Herrán, op. cit.), pueden encontrarse distintas combinaciones que acentúan, ya sea las condiciones sociales y económicas, ya sea las características de los individuos que sufren tal situación y serían, con ello, responsables de la misma.
En general, las diferentes posiciones reconocen que la pobreza se identifica con nociones tales como la de privación, de ausencia, de carencia, pero los desacuerdos son importantes cuando se pretende precisar cuáles son los elementos que autorizan a identificar un determinado estado de situación como de “pobreza”, o cuando se distingue entre la mera posesión de esos elementos y las efectivas posibilidades y aptitudes para hacer un uso conveniente de ellos, o cuando se pretenden definir las relaciones de distribución que explican las situaciones de pobreza y riqueza: todas estas controversias alimentan diferentes estrategias de políticas públicas para enfrentar el problema (Lo Vuolo et al., op. cit.).[3]  En este sentido, es importante señalar que la literatura crítica actual sobre las diferentes problemáticas asociadas a la pobreza liga esta noción a la de “desigualdad”,[4] subrayando que “si bien es cierto que conceptos como pobreza, desigualdad y necesidades básicas tienen una dimensión valorativa, también es cierto que primeramente tienen contenido descriptivo, puesto que se refieren a una condición de bienestar material en un tiempo determinado, susceptible de ser medido” (Dieterlen, op. cit.: 15).
Siendo un concepto descriptivo más que explicativo, la preocupación central que gira en torno a este concepto es la de “medir” la cantidad de pobres o el llamado método “de contar cabezas” (Lo Vuolo et al., op. cit.). Fundamentalmente, la medición del tamaño de la pobreza reconoce en la literatura dos aproximaciones diferentes.[5] La primera de ellas, llamada línea de pobreza (LP), presupone la determinación de una canasta básica de bienes y servicios, teniendo en cuenta las pautas culturales de consumo de una sociedad en un momento histórico determinado. Una vez valorizada la canasta de bienes y servicios se obtiene dicha línea de pobreza.[6]  Según este criterio entonces, serían “pobres” aquellos hogares con ingresos inferiores al valor de la línea de pobreza, en la medida en que no pueden cubrir el costo de esa canasta básica con sus ingresos. La “línea de pobreza” está asociada a la llamada línea de indigencia, que implica la definición de un menor valor.[7]
La segunda aproximación, la de las necesidades básicas insatisfechas (NBI), remite a aquellas manifestaciones materiales que ponen en evidencia la falta de acceso a ciertos tipos de servicios tales como la vivienda, el agua potable, la electricidad, la educación y la salud, entre otros. Este método requiere la definición de niveles mínimos que indican una valoración subjetiva de los distintos grados de satisfacción de necesidades consideradas básicas en determinado momento de desarrollo de una sociedad. En consecuencia, aquí serían “pobres” aquellos hogares que no alcanzan a satisfacer algunas de esas necesidades definidas como básicas (Minujin, 1993b).[8]
A pesar de estar trabajando con el mismo problema, diversos estudios (Beccaria y Minujin, 1985; Katzman, 1989; Desai, 1990; Minujin, 1991) demuestran que no evalúan situaciones iguales y que existen importantes diferencias en la medida de la pobreza, según el método que se utilice. Estos métodos reflejarían dos fenómenos diferentes. Las diferencias obedecen a que con el criterio de NBI se estaría detectando a los llamados pobres estructurales –que poseen una vivienda deficitaria, o bajo nivel educativo u otras características-, mientras que con el criterio de LP, al caracterizar a los hogares como pobres de acuerdo con el ingreso total percibido, se detectaría a los hogares pauperizados, de particular importancia en el caso argentino (Minujin, 1993a).
El conjunto de los hogares pobres según el criterio de NBI delimita la situación de pobreza estructural, mientras que el de los que se ubican por debajo de la LP, pero que no sufren ninguna de las carencias tomadas en consideración por el indicador de NBI, corresponde al grupo pauperizado, que incluye a los nuevos pobres.[9]
Además de que ambos métodos presentan una serie de limitaciones, algunas relativas a los métodos en sí, otras propias de las metodologías cuantitativas,[10] lo que me interesa reforzar aquí es la idea de que “pobreza” es una categoría fundamentalmente descriptiva, que permite, de algún modo, calificar las condiciones de existencia concretas de determinados grupos sociales, por comparación con otros grupos de la misma sociedad que no son pobres. “Pero por este camino no es posible avanzar demasiado en la búsqueda de los mecanismos que propicia la emergencia de la pobreza y determinan su permanencia” (Jaume, op. cit.: 26).
En otras palabras, apelando a la categoría “pobreza” podremos describir las condiciones de existencia de ciertos grupos sociales definidos como pobres según una serie de indicadores, pero no podemos avanzar en la búsqueda de elementos explicativos y comprensivos que permitan dar cuenta de las causas de la pobreza, de los lazos estructurales que ligan a pobres y ricos de una determinada sociedad y de la manera como los pobres estructuran un conjunto de prácticas que les permiten reproducirse socialmente en tales condiciones.


[1] Un análisis de las diferentes acepciones que el término “pobreza” fue adquiriendo históricamente puede verse en Hobsbawm (1976). También puede encontrarse una referencia histórica respecto a la conceptualización de la pobreza, tanto en el ámbito mundial como respecto a América Latina –haciendo hinca- pié en los fenómenos conocidos como de “nueva pobreza”- en Murmis y Feldman (1993), especialmente pp. 47-56 y 87-89. Acerca de los usos ideológicos del concepto de pobreza y sus sujetos sociales (la visión evangélico-revolucionaria; la visión picaresco-romántica y la visión sociológica), puede verse González (1993). Otra síntesis breve de las distintas concepciones ideológicas que subyacen a las maneras de conceptualizar la pobreza, desde las justificaciones derivadas de la doctrina cristiana hasta la actualidad, en Vázquez (1997). Las visiones prevalecientes en América Latina sobre el fenómeno de la pobreza y las consecuencias políticas que se derivan de ellas –que retomaré más detenidamente en el capítulo siguiente- pueden verse en Lo Vuolo et al. (1999), especialmente capítulo IV.
[2] Jaume (op. cit.) señala que el campesino medieval europeo era pobre en relación con otras clases de la sociedad feudal y que, en la actualidad, los denomi- nados “pobres urbanos” de los países del Tercer Mundo, lo son en relación con las otras clases de las sociedades capitalistas en las que viven. Y ello es así indepen- dientemente de que los niveles de consumo de los pobres actuales puedan ser muy superiores a los de los pobres medievales.
[3] Para un análisis de las diversas posiciones (la economía del bienestar, la perspectiva de las necesidades básicas, la perspectiva de las capacidades de fun- cionamiento) puede verse ídem, pp. 19-46.
[4] En el campo de las ciencias sociales latinoamericanas caben destacar los diferentes artículos que fueron discutidos en el “Segundo Encuentro Nacional por un Nuevo Pensamiento”, en Buenos Aires, noviembre de 1999 y que fueron publicados bajo el nombre Democracia, Estado y Desigualdad (Lozano, 2000). Asimismo, diferentes abordajes críticos de situaciones que comprometen a distintos países de América Latina fueron tratados en el Seminario Latinoamericano del Grupo de Trabajo “Pobreza y Políticas Sociales” de CLACSO, realizado en México, en octubre de 1999 y compilados bajo el título Pobreza, Desigualdad Social y Ciudadanía. Los límites de las políticas sociales en América Latina (Ziccardi, 2001).
[5] Referencias más precisas respecto a este problema pueden encontrarse en Rowntree (1951), Sen (1981) y Townsend (1979), citados por Minujin (1993b). Un análisis detallado sobre la construcción de indicadores para medir la pobreza, guiado con la intención de resaltar la relación que los mismos tienen con los con- ceptos de pobreza y con el diseño de políticas orientadas a la atención del proble- ma de la pobreza, puede verse en Lo Vuolo et al., op. cit., capítulo II (especialmente referido a la situación internacional) y capítulo V (especialmente en relación con la medición de la pobreza en Argentina).
[6] El antecedente más antiguo de este método de medición se encuentra en Inglaterra, donde Charles Booth describió la situación social de Londres compa- rándola con la línea de flotación de un barco, distinguiendo entre los que estaban por encima y los que estaban por debajo de la “línea de pobreza” (Vázquez, op. cit.).
[7] En 1970 se realizó en Argentina la primera medición utilizando el método de “línea de pobreza”. Como resultado se estimó que sólo eran pobres 5 de cada
100 hogares urbanos y 19 de cada 100 rurales. En 1993, el valor de la LP estimado por el gobierno era de alrededor de 420 dólares para una familia de cuatro miem- bros (dos adultos y dos niños); para 1996 la LP estaba dada por un ingreso menor a 465 dólares, en tanto que la línea de indigencia se fijaba en 207 dólares (Váz- quez, op. cit.); para 2002, 598,75$ marca el límite de la pobreza, mientras 252,64$ señala el de indigencia (Lozano, 2002).
[8] En 1984 se elaboró el primer mapa de la pobreza en Argentina, utilizando el Censo de Población y Vivienda de 1980 y el método de NBI. Del análisis surgió que el 23 % de los hogares argentinos eran pobres, evidenciándose también las enormes diferencias sociales, según la distribución regional. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos señala que “el concepto de pobreza es esencialmente nor- mativo; se considera pobre a quien no obtiene o no puede procurarse recursos suficientes para llevar una vida mínimamente decorosa, de acuerdo a los estánda- res implícitos en el estilo de vida predominante en la sociedad a la que pertenece” (INDEC, 1994: 9). A partir de esta definición, se considera que la delimitación de situaciones de pobreza puede llevarse a cabo con un grado razonable de objetivi- dad, recurriendo al concepto de necesidades básicas. Se toman como tales a los “niveles mínimos de satisfacción de requerimientos por debajo de los cuales se ve amenazado el funcionamiento y desarrollo de la vida humana en sociedad”. Ho- gares con NBI serían aquellos que: “a) tuvieran más de tres personas por cuarto; b) o habitaran una vivienda de tipo inconveniente (pieza de inquilinato, vivienda precaria u ‘otro tipo’, lo que excluye casa, departamento o rancho); c) o no tuvie- ran ningún tipo de retrete; d) o tuvieran algún niño en edad escolar que no asista a la escuela; e) o bien aquellos donde hubiere cuatro o más personas por miembro ocupado (lo que equivale a una tasa de dependencia de tres inactivos por miembro ocupado) y, además, cuyo jefe tuviera baja educación (o sea nunca asistió a algún establecimiento educacional o asistió, como máximo, hasta segundo año del nivel primario”. (Ídem).
[9] La “pobreza estructural” se refiere a la pobreza de larga data, mientras que la “nueva pobreza” es la surgida con motivo del proceso de empobrecimiento sufrido en los últimos años en nuestro país. Los “nuevos pobres” se asemejan a
los “no pobres” en una serie de aspectos socioculturales que los muestra con una historia diferente a la de los “pobres estructurales”.
[10] Un análisis detallado de esas limitaciones puede verse en Vázquez (op. cit.), Lo Vuolo et al. (op. cit.), Minujin (1993d), Beccaria y Minujin (op. cit.).

Leo Maslíah


La Bolsa de basura
                                                    por Leo Maslíah


Rodríguez salió de su casa para ir a trabajar, y llevó una bolsa de basura para dejarla, de camino, en el tacho que había en la puerta del edificio.
Pero al acercarse detectó la proximidad de un agente perturbador, un elemento desestabilizador de la posible calma que acompañaba el automático, necesario, comprensible, habitual, perfectamente justificado, cívico acto de tirar la basura. Se trataba de un individuo que, arrodillado junto al tacho, extraía de allí restos de alimentos, los cuales clasificaba y separaba en distintas bolsas que traía consigo, según el contenido proteínico, el tenor graso o el nivel de adición vitamínica que tuvieran: para esto no se servía de instrumental técnico alguno, excepción hecha de una protuberancia que él llevaba incorporada al rostro y con la que medía con precisión asombrosa el índice de putrefacción operante en cada residuo alimentario, ya que entre dos mitades de cáscara de naranja aparentemente iguales, el individuo descartaba una y se quedaba con la otra, y no era porque estuviese en condiciones de tirar manteca al techo. En efecto, su nivel de ingresos no parecía ser muy alto, a juzgar por unas pequeñas roturas visibles en un costado de su toga de arpillera.
Rodríguez empezó a vacilar. Luego siguió haciéndolo. No podía tirar la bolsa en el tacho porque la cabeza y las manos del perturbacionista obstruían la entrada. Por otra parte, algo había que hacía dudar fuertemente a Rodríguez sobre la pertinencia de utilizar la fórmula de cortesía “con permiso”. En cuanto a dejar la bolsa en la calle a cierta distancia, eso sí que parecía grosero, siendo como era tan evidente que el individuo iría a recogerla. Pero dársela en las manos no dejaba de constituir para Rodríguez una ofensa, atendiendo el contenido repugnante de la bolsa. En cuanto a si para el otro ese acto podía resultar ofensivo o no, es algo difícil de prever. Más allá de sus intenciones  de apropiarse de la bolsa, podía contar con una dosis de orgullo que lo hiciera fingir que sólo estaba buscando un arete que se le había caído.
Otra posibilidad que consideró Rodríguez fue dejar la bolsa junto al individuo, pero abierta, como demostración de amabilidad, dando a entender que no ignoraba sus intenciones de revisarla. Pero todos estos pensamientos pasaron con mucha rapidez por la mente de Rodríguez. Vencido por la ambigüedad contenida en el acto de darle a alguien algo que es una porquería, siendo que este alguien tiene de todas formas mucho interés en recibirla, Rodríguez pensó en otro tipo de salida. Por ejemplo, darle al individuo una limosna. Sin embargo, el análisis de esta posibilidad le reveló que eso no lo libraría del dilema de qué hacer con la bolsa. Sea cual fuere la magnitud de la limosna, era evidente que nunca bastaría para consolidar en el otro una posición económica suficientemente holgada como para abandonar el hábito de hurgar entre los tachos de basura.
Rodríguez empezó a retroceder.
Mientras lo hacía siguió examinando otras posibles maneras de deshacerse de la bolsa. Consideró no dejar la bolsa, sino sólo su contenido, vaciándolo en las manos del individuo. También consideró el dejarle la bolsa cerrada y decirle: “mire, le dejo esto, y sé que lo va a abrir; no me gusta la idea pero sé que es lo único que usted puede hacer para vivir; yo quisiera ayudarlo, pero no puedo por razones salariales, etc”. Luego pensó en vaciar la bolsa en el tacho del edificio vecino, pero volver luego y tirar la bolsa vacía en el otro tacho, mostrando su voluntad de evitar entregarle basura al otro, pero mostrando al mismo tiempo también que no era su intención hacerle un desaire ni fingir que no lo había visto ni que lo había visto pero no quería roces con él.
Ninguna de estas opciones satisfizo a Rodríguez. Siguió retrocediendo de nuevo en el edificio. Subió las escaleras y, sacando las llaves de su apartamento, consiguió, luego de unos minutos de esfuerzo, abrir la cerradura permaneciendo él de espaldas a la puerta. Así entró, y siguió retrocediendo hasta que se topó con la ventana, que estaba abierta. Supo detenerse en ese momento, y permaneció allí quieto como un muñeco de cuerda detenido en su marcha por algún obstáculo, siempre de espaldas a la ventana, con la bolsa de basura en la mano. Y así pasó un rato, hasta que de pronto Rodríguez oyó que desde abajo el tipo le gritaba: “Che, loco, aunque sea tirámela por la ventana”.

César Aira



Pobreza[1]
                                                        por César Aira

Soy más pobre que los pobres, y lo soy desde hace más tiempo; una eternidad de privaciones se despliega en mi fantasía resentida, que no se limita a medir la duración del mal. La magnitud de la catástrofe también la ocupa. ¡Es tanto lo que podría tener, si sólo tuviera los medios de procurármelo! ¡Tantas cosas, tantas experiencias, tantas comodidades! El trabajo casi obsesivo de enumerarlas, calcular su potencial de goce en mí, organizarlas, me deja exhausto y con la idea de que por eso solo me las merecería. Pero la experiencia real me va alejando cada vez más del bienestar que podría darme el dinero, a la vez que agudiza mi percepción de sus ventajas. Ahí la fantasía no es necesaria; me basta con mirar a mi alrededor. La gente entre la que vivo se hace cada año más rica. No he sabido conservar a mis amigos pobres; para ser sincero, no he querido hacerlo. Porque todo me aleja de ellos: mis gustos, mis hábitos, mis intereses. El fútbol me da asco. La gente refinada con la que puedo mantener una conversación tiene plata de sobra, que por supuesto ni se le ocurre compartir conmigo. ¿Por qué iban a hacerlo? En su frívola inocencia, me creen un gran escritor, un testimonio viviente y anticipado de historia literaria. Y en realidad soy un menesteroso. Los veo circular en órbitas que se me hacen más y más inaccesibles, y mi resentimiento crece. Me amargo, me deprimo, me hago excéntrico por un comprensible reflejo de autodefensa, y también para disimular. Ya me dan vergüenza mis zapatos agujereados, mi eterno guardarropa inadecuado, mi desaliño y falta de higiene producto de una sorda desesperación. Vivo encerrado en mi departamentito, al que no puedo invitar a nadie tan desvencijados están los muebles, tantas manchas de humedad hay en las paredes, tan medidas son nuestras raciones de fideos baratos. Por las ventanas veo a mis vecinos del Barrio Rivadavia (una villa miseria), y compruebo que no son tan pobres como yo, porque siempre algo les sobra, mientras que a mí me falta todo. Veo sus comilonas, sus borracheras, sus domingos al sol, y hasta cuando salen arrastrando sus rickshaws a hurgar en la basura son más ricos que yo, porque algo encuentran. A mí en cambio un esfuerzo agotador en los más abyectos trabajos, en las más humillantes mendicidades de clase media, apenas si me alcanza para mantener con vida a mis hijos, que deben hacer esfuerzos heroicos para sobrellevar la comparación con sus amiguitos, y me consideran, con toda razón, un fracasado. ¿Cuánto hace que no me compro un libro, un disco, que no voy al cine? Mi computadora está obsoleta, funciona por milagro, pero no puedo soñar siquiera con cambiarla. Y a mi alrededor todos compran, gastan, se renuevan, se mudan, progresan. Con crisis o sin crisis, hay en mi patria periódicas fases de consumismo a las que todos se prenden. Todos menos yo; ¿con qué iba a comprar nada, ni un lápiz, si tengo el bolsillo vacío? Ni siquiera tengo tarjeta de crédito. Me he visto obligado a ser evasor impositivo, por falta de medios. Y cuando todos mis conocidos, cansados de acumular objetos nuevos y sensaciones enriquecedoras, se van de vacaciones a playas del trópico, o en viajes culturales por bellas ciudades, yo me quedo rumiando el rencor en mi pocilga. Sólo un milagro podría proveerme de algo superfluo que ilumine mi existencia sórdida, pero gasté el milagro en conseguir lo necesario para subsistir, y realmente no se pueden pedir dos milagros.
¿Por qué siempre tuvo que ser así? ¿Por qué no pudo pasar de otro modo, si al fin de cuentas, para el orden general del Universo, daba lo mismo una cosa que otra? ¿Por qué fui objeto de tu encarnizada persecución, Pobreza, diosa, o más bien bruja, exigente y molesta? Cuando era chico, allá en Pringles, ya te fijaste en mí, quién sabe por qué, por mis lindos ojos y los hiciste miopes, sumando la miseria física a la económica, haciéndome acomplejado además de paria. Ya entonces empezamos a vivir en estrecha comunidad, vos y yo. Mi casita resonante de escasez era la tuya. Allí aprendí a conocerte, en las eternas discusiones por plata que sostenían mis padres, en las que se me reveló la lengua y el modelo de vida. Y si salía de mi casa, ibas conmigo, mi mano en una de las tuyas, mientras con la otra me señalabas la caja de lápices de colores de mis compañeros de escuela, los blocs crujientes de papel de calcar, los helados que tomaban, las revistas mejicanas que compraban… ¿De dónde sacaban la plata? ¿Por qué yo no la tenía? Nunca me lo dijiste.
Lo que realmente me llama la atención es que cuando me fui, te fuiste conmigo, como si no pudieras soportar mi ausencia. Mi madre se resignaba a la separación, pero vos no. Viniste a Buenos Aires pegada a mí, te instalaste en mi rincón, y ninguna de mis maniobras sirvió para que cesaras en tu obstinada compañía. Si intentaba trabajar, ibas conmigo al trabajo en el colectivo; si perdía el empleo, te quedabas en casa mirándome leer unos volúmenes tristes. Cuando me casé, fuiste el único regalo de bodas que le pude hacer a mi esposa. Fuiste la única hada que se inclinó sobre la cuna de mis hijos. Fuiste el siniestro arbolito de Navidad, mi ruleta psíquica, la confidente de mis efusiones más obvias. Revolviéndome en la cama presa de atormentados insomnios, elucubré toda clase de fugas hasta secarme el cerebro. Siempre me diste gran latitud de acción, pero a último momento te embarcaste conmigo. Como en esos dibujos animados obsesivos, pude cruzar mares y continentes y creer que, siquiera momentáneamente, me había librado de tu acoso… sólo para verte en mi cuarto como si tal cosa, afanada en pequeñas mezquindades. Era automático. Terminé haciéndome el más sedentario de los hombres. Y las huidas menos literales, los cambios de ocupación, las resoluciones, el autohipnotismo, funcionaron menos todavía, lo que era previsible: cuando lo literal no sirve, las metáforas son peor que inútiles.
¡Basta! Ya fue suficiente. Cuarenta y seis años de condena no se le dan ni siquiera a un asesino, y yo nunca he violado la ley; al contrario, soy tan bienintencionado e inofensivo que a veces me siento un santo. ¿No podrías dejarme en paz? ¿No merezco aunque sea una tregua? Aun sabiendo que la culpa es mía, lo encuentro injusto. Quiero quedarme solo, librado a mis fuerzas, si es que todavía tengo alguna, quiero ser uno más entre los que se ejercitan las leyes del azar, y tener la probabilidad, así sea remota, de ser favorecido por la suerte. Tu asistencia inexorable me tiene harto. Estoy enfermo de tu homeopatía, Pobreza, querría fumigarte… Si hubiera una probabilidad de que me escucharas, te amenazaría con suicidarme, aunque no tendría ningún efecto, eso tampoco…
En ese punto de mi soliloquio vi aparecer ante mis ojos la figura escuálida, rígida, raída, majestuosa a su modo, de la Pobreza. Mis palabras debían haber producido algún efecto, porque su aspecto de falsa sumisión había sido reemplazado por uno de furia genuina, los ojos llameantes, los puños apretados, y los labios moviéndose a tijeretazos violentos:
“¡Necio! ¡Atolondrado! ¡Imbécil! Me he mantenido en silencio todos estos años, soportando tus quejas, tus lloriqueos de inmaduro, tu inadaptación, tu ingratitud a los dones que he venido derramando sobre vos desde que naciste, ¡pero ya no aguanto más! Ahora tendrás que oírme, aunque no creo que te sirva de nada, porque hay gente que no aprende nunca.
“¿Quién te dijo que mi compañía era un inconveniente! Que hayas creído que porque todo el mundo lo decía era cierto da la medida de tu frivolidad incurable. Fue para salvarte de ese defecto, justamente, que me dediqué a vos con una constancia que ahora veo desaprovechada. ¡Tener que hacerte, a esta altura, la lista de mis beneficios! No sé por dónde empezar, porque fui yo la que te lo dio todo. Es más, te di el marco en que recibirlo. Sin mí habrías renunciado casi al comienzo del camino, desprovisto de ideas y del cerebro con el que tenerlas. Te di la variación y el color en lo que sin mi intervención habría sido una rutina amorfa. Te di la alegría de poder esperar siempre algo mejor: conociéndote, ¿qué habrías esperado, en caso de haber tenido algo, sino perderlo? Como fueron las cosas, tus expectativas han sido siempre de mejorar. Miedoso y tímido como sos, y como habrías sido de todos modos, fuera cual fuera tu haber, habrías vivido temblando por ladrones y estafadores que siempre te habrían superado en astucia. Te di un motivo para seguir viviendo, el único que tuviste. ¿Acaso habrías escrito, si no hubiera estado yo velando a tu lado, espiando tus cuadernos por encima de tu hombro? ¿Por qué ibas a hacerlo? Y si lo hubieras hecho, habría salido mucho peor de lo que salió. ¡Muchísimo peor! Pero eso también tengo que explicártelo.
“Vos mismo habrás notado, con tus escasas luces, que los ricos son diferentes. Lo son por el siguiente motivo: el rico reemplaza con plata la factura de las cosas. En lugar de comprar la madera y hacer la mesa, compra la mesa hecha. Ahí una progresión: si es menos rico, compra la mesa y la pinta él; si lo es más, la compra ya pintada. Si es más pobre, no compra siquiera la madera, sino que va al bosque, tala un árbol, etcétera. La pobreza, o sea yo, da el quantum de proceso. El rico lo consigue todo hecho, y eso incluye bienes y servicios. Es decir que se pierde la realidad, porque la realidad es un proceso. Peor todavía: esa disponibilidad de cosas hechas y listas para ser usadas se le vuelve una segunda naturaleza, y empieza a aplicarla al ámbito mental. Es por eso que los ricos usan ideas ya hechas, opiniones ajenas, gustos producidos por otros. Dejan el proceso en manos de los demás. Hasta con sus sentimientos pasa lo mismo, lo que los hace tan estereotipados y superficiales, mucho más que en esas caricaturas bienpensantes que suelen hacerse de ellos. ¿Te habría gustado ser así? ¿Ves que no sabés lo que decís? Sin mí, a tus libros les habría faltado la única modesta virtud que hay que reconocerles: el realismo. ¿Y tenés el descaro de reprochármelo?
“¡Vaya si lo tenés! Tu primer pensamiento al despertarte es una invectiva contra mí; el último al acostarte, también. Y en el medio, todo se reduce a quejas, protestas, gimoteos. No ignoro que el mundo, en su avance tecnológico y en su consumismo, avanza en dirección al sistema de los ricos, que con el tiempo se generalizará; debe ser eso lo que te hace sentir marginal y pasado de moda, como si yo fuera un lastre que te arrastra a un pasado artesanal y esforzado. Eso podría ser una justificación de tu parte, pero toda tu originalidad está ahí, y dada tu inadecuación, sin la originalidad no sos nada.
“Sea como sea, yo ya no te justifico más. Estoy harta de ser tu bestia negra, de tus insultos, de tu mala educación. No te soporto más. ¡Me voy de tu casa! Si tanto lo querías, podrás darte por satisfecho: no me verás más. Me voy a lo de Arturito Carrera, donde estoy segura de que seré apreciada como me lo merezco.”
Y sin más se levantó y se dirigió hacia la puerta, ofendida, tiesa de indignación. ¡Era cierto! ¡Se iba! Un paso más y estaría afuera. La angustia me llenó el pecho, intolerable como un infarto. A mí me convencen todos los discursos, y éste más que cualquier otro porque en cierto modo había nacido de mi propio corazón (las figuras alegóricas operan de ese modo). Me levanté de un salto de mi sillón y grité:
¡No! ¡No te vayas, Pobreza! Hacé como si no hubiera dicho nada, te lo ruego. Ahora, y en lo sucesivo, porque me conozco y sé que no voy a dejar de quejarme. Pero en realidad no quiero que me dejes. Después de todo, ya estoy acostumbrado. Sería casi como si me dejara mi esposa. No podría soportar la humillación. No nací para huérfano. Quedate conmigo, y ya me arreglaré. No me hagas caso. Reconozco que soy un maleducado y que no me lo merezco, pero por favor, por favor, no te vayas.
Inmóvil, con la mano en el picaporte, ella dejó pasar un momento de insoportable suspenso, y después se volvió muy despacio. Tenía en la cara una sonrisa seria, y supe que me perdonaba. Vino hacia mí con pasos ceremoniosos, de novia avanzando hacia el altar.
Y desde entonces la Pobreza vivió conmigo, y ni un solo día abandonó mi casa.



[1] Publicado en la revista La muela del juicio. Año XI, Nro. 6, La Plata, postrimerías de 1996.